Si uno era observador, bastaba pasar una hora con Orite Cabot Moura para saber de qué pasta estaba hecho. Orite pertenecía a una especie apreciada por escasa: la de los que sonríen, sonríen y sonríen. Era ese amigo comodín al que puedes juntar con cualquier clase de tribu sin temor a que se sienta marginado o a que acapare los focos. Un tío con cara de buena persona que resultaba ser una buena persona. Alguien al que, como solía decir mi primer jefe, le darías sin miedo un billete de quinientos euros para que fuera a cambiarlo porque sabes que no te tangará. Félix Balaguer me ha dicho hoy que, si tuviera que elegir a quién parecerse no encontraría modelo mejor que el de su paisano Orite, un 'valencianet' que se hacía querer sin pedirlo, punto en el que estamos de acuerdo los que trabajaron una década a su lado y los que, como yo, solamente pudimos disfrutar y aprender durante un año de su talento con la cámara al hombro.
Porque, además de un hombre bueno, Orite era un gran operador de televisión. Se lucía cuando la agenda le daba un reportaje o una entrevista de las que molan rodar y, a la vez, era un narrador de imágenes todoterreno. Lo mismo te sacaba un plano chulo en una anodina rueda de prensa que se hacía sitio en la puerta del juzgado para transmitir en directo un pase a disposición judicial. Un cumplidor que nunca ponía pegas para salir de la redacción, aunque lloviera y le tocara ir por enésima vez a grabar los noventa minutos que dura un partido de Tercera División (Raül Medrano asegura, además, que en once años nunca se comió un gol).
Orite era inmune al síndrome de Bill Murray. Me explico: casi todos los que nos dedicamos al periodismo en lugares tan pequeños como Ibiza estamos, más o menos, atrapados en el Día de la Marmota, una enfermedad que requiere de grandes dosis de humor negro y autoparodia para no pegarse un tiro o acabar entrando en lo que los periodistas anglosajones llaman el club de las tres des: Drunk, Divorced and Depressed (borracho, divorciado y deprimido), tres adjetivos que amenazan por igual al corresponsal de guerra que se va a cubrir una ofensiva sobre la franja de Gaza y vuelve a casa con estrés postraumático por el horror visto y las explosiones de los misiles israelíes como al que le toca informar por enésimo año consecutivo de la feria del albaricoque de Villanueva del Pardillo en un periódico local y encima tiene que aguantar a un superior motivado que lleva años sin salir a la calle pidiéndole un "enfoque original".
En medio de la desidia y el cinismo con el que se vive el oficio, Orite era una brecha por donde entraba la luz. Una factoría de humor blanco y chistes absurdos. Un dispensador de conversaciones agradables sobre temas variados. Una voz que hablaba corto y claro cuando había que hablar corto y claro. Una mochilita de Decathlon a la espalda donde cargar el micro, la antorcha y las tarjetas y baterías de reserva para que el redactor no arrastrara la maleta del equipo por las calles de Vila. Un motivo para ponerte los pies en el suelo cuando piensas que dedicarte al periodismo es una condena.
Y, por lo que contaba de su peque, un padrazo.
Ha sido una pena despedirte tan pronto, xiquet. Gràcies per tot.
Si uno era observador, bastaba pasar una hora con Orite Cabot Moura para saber de qué pasta estaba hecho. Orite pertenecía a una especie apreciada por escasa: la de los que sonríen, sonríen y sonríen. Era ese amigo comodín al que puedes juntar con cualquier clase de tribu sin temor a que se sienta marginado o a que acapare los focos. Un tío con cara de buena persona que resultaba ser una buena persona. Alguien al que, como solía decir mi primer jefe, le darías sin miedo un billete de quinientos euros para que fuera a cambiarlo porque sabes que no te tangará. Félix Balaguer me ha dicho hoy que, si tuviera que elegir a quién parecerse no encontraría modelo mejor que el de su paisano Orite, un 'valencianet' que se hacía querer sin pedirlo, punto en el que estamos de acuerdo los que trabajaron una década a su lado y los que, como yo, solamente pudimos disfrutar y aprender durante un año de su talento con la cámara al hombro.
ResponderEliminarPorque, además de un hombre bueno, Orite era un gran operador de televisión. Se lucía cuando la agenda le daba un reportaje o una entrevista de las que molan rodar y, a la vez, era un narrador de imágenes todoterreno. Lo mismo te sacaba un plano chulo en una anodina rueda de prensa que se hacía sitio en la puerta del juzgado para transmitir en directo un pase a disposición judicial. Un cumplidor que nunca ponía pegas para salir de la redacción, aunque lloviera y le tocara ir por enésima vez a grabar los noventa minutos que dura un partido de Tercera División (Raül Medrano asegura, además, que en once años nunca se comió un gol).
Orite era inmune al síndrome de Bill Murray. Me explico: casi todos los que nos dedicamos al periodismo en lugares tan pequeños como Ibiza estamos, más o menos, atrapados en el Día de la Marmota, una enfermedad que requiere de grandes dosis de humor negro y autoparodia para no pegarse un tiro o acabar entrando en lo que los periodistas anglosajones llaman el club de las tres des: Drunk, Divorced and Depressed (borracho, divorciado y deprimido), tres adjetivos que amenazan por igual al corresponsal de guerra que se va a cubrir una ofensiva sobre la franja de Gaza y vuelve a casa con estrés postraumático por el horror visto y las explosiones de los misiles israelíes como al que le toca informar por enésimo año consecutivo de la feria del albaricoque de Villanueva del Pardillo en un periódico local y encima tiene que aguantar a un superior motivado que lleva años sin salir a la calle pidiéndole un "enfoque original".
En medio de la desidia y el cinismo con el que se vive el oficio, Orite era una brecha por donde entraba la luz. Una factoría de humor blanco y chistes absurdos. Un dispensador de conversaciones agradables sobre temas variados. Una voz que hablaba corto y claro cuando había que hablar corto y claro. Una mochilita de Decathlon a la espalda donde cargar el micro, la antorcha y las tarjetas y baterías de reserva para que el redactor no arrastrara la maleta del equipo por las calles de Vila. Un motivo para ponerte los pies en el suelo cuando piensas que dedicarte al periodismo es una condena.
Y, por lo que contaba de su peque, un padrazo.
Ha sido una pena despedirte tan pronto, xiquet. Gràcies per tot.